❝A DOCE GRADOS DE LATITUD NORTE, bajamos a pie en la víspera de la celebración mayor, Lije conmigo, al casco histórico del poblado (oficialmente es una ciudad monástica con la calificación extaordinaria de patrimonio de la humanidad desde 1978 y cerca de los veinte mil habitantes). El trasiego de gente y ganadería no tenía fin pero extranjeros allí perdidos en fecha tan señalada éramos pocos, italianos en su mayoría.
En el camino de ida o de vuelta a nuestros hoteles los ferengi (en amariña el plural de ferengi es ‘ferenjoch’) nos gastábamos algunas bromas, como la de adivinar nuestra nacionalidad. Lije me preguntaba asombrado si era capaz de saber su nacionalidad por el aspecto o la ropa. Le dije que no, que, salvo que los oyese en conversación, solo conjeturas, aunque a veces acertase. A los italianos, que hablan tan alto como nosotros los españoles, los podía detectar antes por sus voces y al punto de cruzarnos de frente jugar con ventaja. Unas simples palabras amables los volvía curiosos y preguntaban. Alguna vez me descubrieron, lo admito.
Dentro de este juego aquella misma tarde me encontré, yo yendo a Bete Medhane Alem, la iglesia más grande del grupo por donde se accede al conjunto rupestre, a Cristina García Rodero: un monstruo de la antropología visual, ella de regreso a descansar. En ese momento no la reconocí, solo aventuré con mi guía que era española. Primeras palabras en inglés para preguntarle si, por casualidad, como suponía, era española. Su guía en español —hablaba español e inglés igual de desenvuelto— me responde que sí, que es española. De modo que ataco ya directamente. Por su pequeña mochila asomaba un ejemplar del irrepetible libro sobre Lalibela en blanco y negro, Cerca del cielo, que enseguida detecto y le comento que no puede haber una publicación más demoledora. ¿Demoledora?, me replica mirándome fijamente como esperando una aclaración urgente.

Escenas como esta de ermitaños en las hoquedades del basamento del conjunto rupestre han desaparecido prácticamente en la actualidad.
Quiero decir, mientras contesto sobre la marcha, que esa Lalibela es personal e intransferible, nadie podrá fotografiarla ni encontrarla como aparece en el libro de Rodero si viene hasta aquí, le intento aclarar. Por eso digo que es demoledora, porque te obliga a buscar y contrastar tus resultados, seguidos de frustración, aunque no seas fotógrafo incluso. Sí, de García Rodero, añade, y me dice: ¡soy yo!
¡Tenemos que quedar para comer!, coincidimos. Cristina se revela como una disfrutona de los manteles. Al día siguiente, que era el día de Navidad por estas latitudes de la cristiandad ortodoxa, nos citamos, con nuestros guías, para celebrarlo en el restaurante del Sora Lodge, coqueto comedor al extremo oeste de Lalibela donde su panorámica acristalada sobre el valle intenta distraernos, sin éxito ni tiempo debo puntualizar.
Como había decidido quedarse en Lalibela mientras el grupo español con el que había venido a Etiopía visitaba otros lugares y su guía, que era el del grupo, seguiría con ellos, se apuntó a mis planes para ver las iglesias rupestres de los alrededores sin apenas haberle dado detalles, que ambos ya conocíamos.


Preparados para entrar en la iglesia prototipo, Ymrehana Krestos tras un pequeño alto a la entrada del recinto.
Cristina se alojaba en el hotel Bete Serkie. Le preparaban desayuno continental con café con leche y repostería. No sabían ni que fuese una fotógrafa reconocida mundialmente, ni la flamante Marquesa del Valle de la Alcudia, pero le cuidaban muy bien, en una palabra. Le iba a buscar a su hotel y desde allí salía la expedición diaria. De regreso, una frugal merendola con los embutidos que ella misma había echado a su maleta para los pequeños momentos en las mesas de la entrada. Luego, cenas en el Blue Nile, en bajac, o el Tabor, cruzando por un paso privado abierto por la parte de atrás del Bete Serkie y alcanzando en dos minutos el otro hotel con linternas.
Cuando llegábamos a destino, Cristina desaparecía simplemente. Solo se saltó el Monasterio de Asheton Maryam porque desde el punto donde te dejaba el todoterreno hasta la cima era un desfiladero pindio y estrecho de cabras. Se perdió una escena larga de una posesa, pero pudo resarcirse en parte acudiendo a Naakuto Laab el último día. Perseguía la imagen de una romería que recordaba de su primera visita. Después de dos horas en el lugar, el conductor y los guías me urgían para volver, pero Cristina seguía inmersa entre los peregrinos.
Salvo el primer día, con Lije, el resto lo dejamos en manos de mis nuevos guías Tasfiye y Ermiyas.
En los aledaños del hotel conocí desde el día siguiente de mi llegada a Lalibela, como escribí en otro diario, a Ermiyas y Tesfaye. Ermiyas era más hablador, sobre todo porque se manejaba en inglés mejor que su compañero. Aunque no insinuaron o comentaron si tenía guía, les avancé que mi guía llegaría un día más tarde y que ya había estado dos veces antes aquí y tres en Etiopía. Incluso les dije que tenía amigos vecinos suyos, aunque en la actualidad todos ellos vivían en Gran Bretaña.


No salían de su asombro porque a uno de ellos, Lidetu (Luda en corto pero tambien Christian o Xris que es quien con inmensa paciencia me ha enseñado todo el vocabulario básico con su correspondiente pronunciación que sé), no solo lo conocían sino que terminaron por llevarme a su casa y presentarme a su madre. Estabamos a un paso de mi hotel y a cuatro de su casa y allí que nos presentamos de improviso. La madre de Luda iba a preparar un menú familiar con comida especial para celebrar el cumpleaños de su hijo aunque estuviese fuera. Casualmente era al día siguiente, el día cuatro de enero.

El cuarto de estar de la familia de Luda se veía así de estupendo la víspera de la celebración de su cumpleaños cuando me presente con Ermiyas y Tesfaye sin avisar y su madre y su hermano nos recibieron con hospitalidad infinita.
En cuanto cruzamos el patio ajardinado que lo separa del bullicio de la calle por delante y dejamos la casa, me apresuré a preguntar qué podía llevar de regalo. Sin dudarlo, coincidieron en que la mejor opción era café en grano. Con un papel bonito que me proporcionaron en el Blue Nile y unas flores de mi hotel arreglé el paquete. Luda tampoco salía de su asombro. Por privado en redes lo felicité por su cumpleaños (se sorprendió de que supiese la fecha) pero es que además añadí que lo celebraría con su familia en su casa.
SS, la madre de Luda, no solo había estado cocinando para la ocasión, no solo tostó el café al modo etíope (jebena buna en medio de nubecillas de incienso), el cuarto de estar lucía alfombrado en amarillo con ramas cortadas expresamente del jardín de su casa, y colocado portarretratos de su hijo. Con igual hiperactividad que elegancia, dispuso todo y, sin merma de entusiasmo, ejerció de anfitriona, con tres invitados a mayores.
Hasta mi partida, tuvimos otro par de encuentros, y cuando me despedí, que lo hice ya sin Ermiyas y Tesfaye, no fueron necesarias palabras ni intérpretes. Me volvió a abrazar con los mismos brazos inmensos de esas vírgenes marías de las pinturas etíopes que se salen del marco para protegerte ●