Ojos negros

El limpiabotas de Amhara que se llamaba Lázaro.

Alí, que así se llamaba el guía, iba a encargarse de planificar el transporte durante la semana, combinar la mejor ruta en cada caso y contratar conductores, localizar al sacristán o sacerdote o monje poseedor de las llaves de entrada al templo en cada lugar, a ser posible antes de ir, servir de intérprete y evitar peligros.

Los milicianos Fano, en efecto, nos echaron el alto en tres ocasiones, en puntos apartados de la vía principal, la que conecta Lalibela con el aeropuerto, pero a la entrada o salida de poblados no demasiado alejados, por lo que ni me sorprendió ni me alarmó, aparte de que iba avisado.

Se trataba de pequeños grupos de chavales entre tensos y risueños extrañamente, vestidos de abajo a arriba de azul (tradicional color de la región), en su mayoría de piel más oscura y rastas, que en mitad del control pedían hacerse fotos con el blanco perdido mientras llevaban sus fusiles cargados al hombro y, sin más, nos dejaban marchar. Una de las veces acabo accediendo al posado para terminar de ese modo cuanto antes y llegar a tiempo al próximo destino previsto. (No me extrañaría que aquella foto saltase de sus móviles a la red.)

A las puertas del hotel conocí después a Ermiyas y Tesfaye, que acabarán sustituyendo a Alí, como contaré más adelante en diarios sucesivos. Y a Aliazar, nombre que asocié erróneamente con uno de los múltiples personajes, no solo el profeta, que con el nombre de Eliezer aparecen por la Biblia y no, resulta que es Lázaro, un Lázaro que en el cristianismo ortodoxo tiene mucha más vida y predicamento que entre los católicos, como me aclaró el propio niño muy desenvuelto. Y algunos días después a Natti, apelativo familiar de Natanael, que se encargaría de localizarme inesperadamente para llevarme y traerme en bajaj —como llaman aquí a los tuctuc—.

El limpiabotas de Amhara que se llamaba Lázaro

En realidad, más que a la música se empleaba en la cocina y, eso sí, o al menos me aseguró, cuidaba solo de su hijo. Todos los días, el pequeño Lázaro corría a la terraza del hotel en que me alojaba, justo a la hora del desayuno, y sonreía, simplemente sonreía, hasta que me acercaba al final y le pasaba, casi como si maquináramos algún consumo ilegal, frutas de esa mañana envueltas en servilletas de papel. Al despedirnos se esforzaba por comunicarse en inglés y, entre frase y frase, me preguntaba una y otra vez si le estaba entendiendo.

Lije me acompañó en las horas de celebración de la víspera y día grande de Gena en los escarpes descarnados que se abren alrededor de las iglesias excavadas desde donde se sigue el prolongado ceremonial de Lalibela. Y seguidamente comenzamos con las visitas previstas de los alrededores un día más tarde de buena mañana, empezando por Ymrehanna Krestos. Conforme a lo acordado hicimos las cuentas y se pagaron los gastos al terminar el día con sobrecostes que no acababan de justificarse, máxime cuando se había acortado el itinerario y prescindido de la vista de una de las dos iglesias de Bilbala por la tarde. Las previsiones para la segunda jornada se apartaban considerablemente de lo que había sido organizado y presupuestado, en precio y automóvil, sin que hubiese razones que lo justificasen salvo que la proximidad a la Navidad encarecía inesperadamente los precios sin capacidad de reaccionar.  A falta de acuerdo o explicaciones, Lije volaría a Addis Abeba después de coger el dinero esa tarde sin parecer demasiado contrariado. (Meses después algunos de los contactos que van citados y otros que no aparececen aquí me comentaron que en realidad permanceció en Lalibela incluso cuando yo ya había abandonado Etiopía a rebufo de otros extranjeros desorientados).

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