❝A DOCE GRADOS DE LATITUD NORTE, llegué confiado a Lalibela. Era la tercera vez que aterrizaba en el aeropuerto y nada ni nadie pensaba que podía perturbarme a estas alturas. Pero me equivoqué consciente y nuevamente. No me refiero a la insurgencia aún visible después del alto el fuego del grave conflicto armado entre las regiones de Tigray y Amhara (noviembre de 2022), de la milicia juvenil de Fano quiero decir, sino del propio asistente y guía que desde Addis haría de enlace para dar con las iglesias que hay en los alrededores del famoso conjunto excavado de Lalibela. Después de todo, el plan de este viaje a Etiopía pasaba por terminar de explorar ese grupo de iglesias desconocido donde lo dejé en el verano de 2024 y ponerme con algunos artículos de fondo sobre La otra Lalibela.


No solo acudían peregrinos a Lalibela, eran días de feria grande con un trasiego continuo de ganado.
Alí, que así se llamaba el guía, iba a encargarse de planificar el transporte durante la semana, combinar la mejor ruta en cada caso y contratar conductores, localizar al sacristán o sacerdote o monje poseedor de las llaves de entrada al templo en cada lugar, a ser posible antes de ir, servir de intérprete y evitar peligros.
Los milicianos Fano, en efecto, nos echaron el alto en tres ocasiones, en puntos apartados de la vía principal, la que conecta Lalibela con el aeropuerto, pero a la entrada o salida de poblados no demasiado alejados, por lo que ni me sorprendió ni me alarmó, aparte de que iba avisado.
Se trataba depequeños grupos de chavales entre tensos y risueños extrañamente, vestidos de abajo a arriba de azul y en su mayoría de piel más oscura y rastas, que en mitad del control piden hacerse fotos con el blanco perdido mientras llevan sus fusiles cargados al hombro y, sin más, nos dejan marchar. Una de las veces acabo accediendo al posado para terminar de ese modo cuanto antes y llegar a tiempo al destino previsto. (No me extrañaría que aquella foto saltase de sus móviles a la red.)
Lije —prefería que lo llamase así familiarmente en lugar de por su nombre Alí, como va dicho— llegó a Lalibela, que era su pueblo natal y donde vivía su familia, en un vuelo diferente al día siguiente, pequeño desajuste que provocó algún malentendido con la dirección del hotel, pronto resuelto.

A las puertas del hotel conocí después a Ermiyas y Tesfaye, que acabarán sustituyendo a Alí, como contaré más adelante en diarios sucesivos. Y a Aliazar, nombre que asocié erróneamente con uno de los múltiples personajes, no solo el profeta, que con el nombre de Eliezer aparecen por la Biblia y no, resulta que es Lázaro, un Lázaro que en el cristianismo ortodoxo tiene mucha más vida y predicamento que entre los católicos, como me aclaró el propio niño muy desenvuelto. Y algunos días después a Natti, apelativo familiar de Natanael, que se encargaría de localizarme inesperadamente para llevarme y traerme en basji —como llaman aquí a los tuctuc—.

El pequeño Lázaro con su caña de azúcar delante del hotel.
Lázaro, con la misma cara de ángel y enormes ojos negros que tienen los ángeles negros que se descuelgan por su fuerza como racimos de las tablas pintadas del artesonado precioso de Gondar, lideraba la pandilla. Empeñado en limpiarme las botas de montaña, terminé comprándole un diccionario de amariña e inglés. Es un timo muy habitual que validé haciéndome el despistado, después de insistir e insistir en que lo necesitaba para sus días de escuela. Me llevaron a una pequeña cantina a treinta pasos enfrente del hotel, donde regateé tanto con la propietaria del establecimiento que la reventa del libro terminaría siendo un fiasco para Aliazar y su cuadrilla de amigos. Que era huérfano de madre y que su padre era músico que tocaba en un hotel al que caí para comer de casualidad era cierto en parte.
En realidad, más que a la música se empleaba en la cocina y, eso sí, o al menos me aseguró, cuidaba solo de su hijo. Todos los días, el pequeño Lázaro corría a la terraza del hotel en que me alojaba, justo a la hora del desayuno, y sonreía, simplemente sonreía, hasta que me acercaba al final y le pasaba, casi como si maquináramos algún consumo ilegal, frutas de esa mañana envueltas en servilletas de papel. Al despedirnos se esforzaba por comunicarse en inglés y, entre frase y frase, me preguntaba una y otra vez si le estaba entendiendo.
Lije me acompañó en las horas de celebración de la víspera y día grande de Gena en los escarpes descarnados que se abren alrededor de las iglesias excavadas desde donde se sigue el prolongado ceremonial de Lalibela. Y seguidamente comenzamos con las visitas previstas de los alrededores un día más tarde de buena mañana, empezando por Ymrehanna Krestos. Conforme a lo acordado hicimos las cuentas y se pagaron los gastos al terminar el día con sobrecostes que no acababan de justificarse, máxime cuando se había acortado el itinerario y prescindido de la vista de una de las dos iglesias de Bilbala por la tarde. Las previsiones para la segunda jornada se apartaban considerablemente de lo que había sido organizado y presupuestado, en precio y automóvil, sin que hubiese razones que lo justificasen salvo que la proximidad a la Navidad encarecía inesperadamente los precios sin capacidad de reaccionar. A falta de acuerdo o explicaciones, Lije volaría a Addis Abeba después de coger el dinero esa tarde sin parecer demasiado contrariado.
No quedaba tiempo para maniobras y aquí es donde tengo que movilizar a Ermiyas y Tesfaye, recurrir a su ayuda y seguir el plan inicial de visitas. Ellos conducirán hasta el último día las jornadas previstas, volviendo atrás para ver la iglesia de Bilbala excluida aleatoriamente y proseguir con el resto: Asheten, Gannata, Makina y Neakweto Leab ●
